martes, 17 de noviembre de 2009

Boletin AEDD 610


Los zapatazos de la Justicia


Hoy mi día empezó un poco más temprano que de costumbre, fiché en mi trabajo para no perder el presentismo y me encontré con unos viejos compañeros de hijos para ir hasta Florida, al juicio a Campo de Mayo. Desempolvamos una vieja banderita de hijos, ajada por el paso del tiempo y de las manos que la llevaron. A las nueve de la mañana nos encontramos con Juana Campero, mi amiga del alma, mí hermana, mi compañera .Al encontrarnos no pude evitar mirarle los pies, llevaba unos suecos negros de madera maciza que adornaban su imagen fresca y adolescente que aun desafía el paso del tiempo. Recordé la conversación telefónica que tuvimos hace una semana,"tengo que hacer catarsis", lo tienen que pagar estos genocidas.


El testimonio de Juana fue desgarrador. De cara al jurado y de espaldas al público, declaró con voz tranquila y firme. En un costado las genocidas la miraban con indiferencia. En su relato contó lo más terrible y desesperante que puede vivir un adolescente. Con sus 17 años presenció como torturaban a su madre, golpeaban a su padre mientras le hacían submarino en el baño. Fue llevada a Campo de Mayo el 5 de Enero de 1978, donde permaneció tres días detenida en el centro clandestino de detención, presenciando el horroroso espectáculo que allí se vivía, engrillada a su madre y a un grupo de detenidas. El 8 de enero Juana fue liberada y nunca volvió a ver a sus padres. Al terminar su relato soportó con temple las preguntas mal intencionadas de los abogados de la escoria. Luego preguntó al Tribunal si podía agregar unas palabras.

Estos asintieron. RESPONSABILIZO A ESTOS DOS GENOCIDAS DE TODO LO QUE LES PASO A MIS PADRES. Luego de estas palabras se agachó y sacándose los suecos se los arrojó a uno de los genocidas a modo de proyectil, impactándole en el hombro a uno de los mal nacidos


A esa altura no solo Juana hacía catarsis, nosotros también.
en la vereda, ya que no pudimos seguir presenciando el juicio, vimos que llegó una ambulancia que venía a socorrer al desgraciado, quien se encontraba con una descompensación nerviosa, beneficios que los padres de Juana nunca tuvieron, ni juicio, ni testigos, ni abogados, que los defiendan, ni ambulancia que los socorra.


En este país perverso, donde solo un puñado de genocidas cumple prisión efectiva, quizás solo nos queda esto, hacer catarsis, tratar de que el momento en el que los enjuiciamos sea lo más desagradable posible para ellos


FACUNDO

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